Premio de periodismo Rafael Calvo Serer

Carlos Sentís

Recado de Vivir

Ante todo, gracias. Gracias al Jurado del Premio Calvo Serer, así como a la intervención del presidente de la Fundación, Antonio Fontán, y a la muy generosa presentación de Miguel Ángel Gozalo. También mi agradecimiento a los presentes, que han querido acompañarnos. A renglón seguido debo añadir que, con su presencia, quedan «cautivos» de una celebración muy personal porque justamente en hora y día como hoy, pero hace 61 años, contraje matrimonio con esta señora (señalando a María Casablancas Bertrán, sentada entre el público). El viaje de bodas no fue exactamente periodístico porque fuimos a Formentor. Pero prolongación del viaje de bodas fue el que pasados unos meses realizamos, con María, desde Tánger, adonde la fui a buscar, hasta Argel, donde yo estaba acreditado en el cuartel general de De Gaulle al frente de su gobierno provisional. Y es ahí que entro en el tema que quiero apuntar, porque tiene que ver con la censura que con tanta espectacularidad acabó con el diario Madrid, en cuya Fundación nos cobijamos para este acto.

En la segunda mitad de 1943 la mayor parte de la prensa española sólo consideraba a De Gaulle como un «aventurero». Un diplomático francés, aunque sin hacer valer su condición, llegó por aquel entonces a Madrid para trabajar —bajo el paraguas de la embajada británica— por un mejor conocimiento de un De Gaulle que en África había sentado ya sus reales. Al poco, Jacques Truelle, que así se llamaba, me dijo, tras haberme conocido y tratado: «Si usted logra la representación de uno, o mejor dos, importantes periódicos españoles, haré que el ministro de Información de De Gaulle le invite a ir al Congo, Brazzaville», donde debía celebrarse una importante conferencia africana.
Acerté al dirigirme a los presidentes de los diarios ABC y La Vanguardia y no a sus directores —nombrados entonces por el Ministerio de Información— para
obtener una carta o credencial. Juan Ignacio Luca de Tena, monárquico de cuerpo entero, era aliadófilo y accedió a una propuesta en la cual no creía tanto
el administrador de la casa —un primo suyo— que estipuló como pago las crónicas publicadas. Creía que difícilmente se publicarían las que llegaran.

En Barcelona mi propuesta también fue escuchada positivamente por Carlos Godó Valls, quien me proporcionó la carta después de hablar, o no, con el director. Acertó, en sus dudas, el administrador de ABC porque después de mi estancia en Brazzaville y de remontar casi toda África, por el centro, hasta Argel, el cónsul de España, que había llegado entonces, me comunicó que no se había publicado ninguna de mis crónicas. Todas ellas habían sido devoradas por el director general de Prensa, de tendencias entonces bien conocidas. Durante mes y medio había escrito mis despachos, siempre a través del ejército de De Gaulle, que hacía llegar hasta Tánger, sin saber que no se publicaban.

La incomunicación a causa de la guerra y la absoluta carencia de medios de transmisión era total. Mi sorpresa se vio sólo compensada porque el cónsul que había llegado a Argel era otro diplomático medio encubierto. Juan Antonio Sangroniz era uno de los mejores diplomáticos de que disponía España y, si iba como cónsul a Argel, era para preparar, no a la vista de los países del eje, un reconocimiento del Gobierno de De Gaulle, lo que convertiría a aquel «cónsul» en el primer embajador en la «Francia Libre». Las operaciones militares en la II Guerra Mundial iban terciando a favor de los aliados y además De Gaulle, superadas sus diferencias con el general Giraud, mandaba en Rabat, capital del Protectorado francés, vecino del español, en Marruecos. «Después del trabajo que hemos hecho Truelle y yo —me dijo Sangroniz—tus crónicas aparecerán religiosamente.»

Después de hablar de la censura, protagonista en esta casa, continuaré con mi viaje, casi de bodas. Mi mujer, al llegar a Argel, se instaló en la habitación que el ejército había requisado en una casa bien ubicada—Rue Michelet— de la capital argelina. Pronto se cansó de nuestra presencia el matrimonio pied-noir al ver que el desembarco de Europa se desmoronaba y que incluso apuntaba que sería en el Atlántico y no en la Francia meridional o mediterránea. Nos redujeron al mínimo nuestra habitación en el piso y, si no hubiera sido por la familia Sangroniz, mi mujer no hubiera superado una crisis de hígado motivada por la ingestión de tanto chocolate y conservas que nos daban los americanos. En la mesa de oficiales, a la que teníamos acceso, el rancho era muy escuálido y sólo se podía romper la dieta acudiendo a algún restaurante medio clandestino o de mercado negro que había en los aledaños del puerto. Se podía comer allí algún buen filete en una mesa contigua a la que compartían Jean Gabin y Marlene Dietrich.

[Carlos Sentís, en una segunda parte más coloquial de su improvisación, se refirió a la cordial acogida que el matrimonio halló en Madrid, donde se instaló a la vuelta de Argelia. Mencionó especialmente a la familia Marañón, un miembro de la cual, el arquitecto Farreres, le propuso dejar el hotel y habitar un estudio que él mismo había diseñado sobre el piso que iba a ocupar el Duque de Alba en un inmueble levantado donde antes habían estado las caballerizas de su palacio de Liria.

Era un ático lleno de luz y soleado que tenía que utilizar doña Sol —hermana del Duque— para ir por las tardes a jugar a las cartas. A última hora se quedó con el que tenía junto al cuartel del Conde-Duque y el arquitecto Farreres quiso encontrar a alguien que no armara escándalo sobre el techo de un gran piso destinado al propio duque, para cuando volviera de Londres y antes de reconstruir el palacio de Liria, que él dejaba para más propias calendas. A la vuelta de algunas expediciones periodísticas (campos de concentración, Proceso de Nuremberg, etc.) el duque de Alba invitaba a Sentís a cenar con otros amigos para que les ampliara de viva voz lo que habían leído en las crónicas de ABC. También habló de los inolvidables almuerzos en casa del doctor Marañón, donde fue introducido por su hijo, Gregorio. Como las cerezas, a esas mesas siguieron otras de generosa hospitalidad. En cuanto al estudio en la calle Princesa se amplió en una habitación al tener los Sentís su primer hijo, y en otra con el segundo, con una construcción sobre la terraza. El Duque a todo le decía que sí. Luego, en la práctica, debía negociar con el intendente, quien le dijo que aquel año a causa de la sequía a la casa no le salían los números y que tendría que pagar él la obra. Y así fue como momentáneamente fue «co-propietario» con los Alba. Al nacer el tercer hijo, ya no cabía ninguna otra ampliación y se fue la familia a un piso de la calle Montesquinza, en la misma escalera donde vivía don José Ortega y Gasset. Así, añadiendo una tras otra vivencias y toques ambientales, terminó su bien acogida intervención Carlos Sentís.]

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